Edith, herida por su propia impotencia, se alejó hacia las calles oscuras de Madero. La ciudad la engulló: vendedores de tamales, jóvenes con walkmans, un hombre con una botella que la miró demasiado tiempo. En un callejón, una figura encapuchada se acercó, y Edith, sin cartera ni teléfono, se paralizó. Entonces, Adam apareció, su presencia como un faro, su encanto tranquilizador disipando el miedo.—¡Oye, amor, te estaba buscando! —dijo, pasando un brazo por sus hombros con naturalidad, su voz persuasiva ahuyentando al extraño.El intruso se desvaneció en la multitud.—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Edith, temblando, su voz más suave ahora.—Porque no te dejo sola en estas calles —respondió Adam, su tono cálido pero firme—. Vamos, intentémoslo juntos.En la Plaza de Santo Domingo, bajo lámparas tenues, los escribanos tecleaban a máquinas, sus clics como un latido antiguo. Adam señaló a uno, bromeando con su fluidez habitual.—Podrías reescribir esa carta, algo menos… intensa.Edith n
Leer más