Una tarde, agotado de vagar por calles abarrotadas donde la timidez aún lo mantenía al margen, Rómulo regresó al edificio y tocó la puerta de Miguel. Lo encontró tirado en el sofá, un libro abierto sobre el pecho, su habitual desenfado llenando el cuarto como humo invisible.—¿Qué tal si mañana viernes vamos a un bar? —propuso Rómulo, con un destello de entusiasmo que luchaba contra su reserva—. Dicen que hay lugares bohemios donde los músicos se juntan a tocar, a charlar… Suena bien, ¿no?—¡Órale! —respondió Miguel, incorporándose con una sonrisa—. Ese lugar es pura vibra. Pero no me despiertes antes de las dos, ¿eh? Seguro nos quedamos hasta tarde, tocando y echando desmadre.—Perfecto —dijo Rómulo, imaginando ya el calor de su guitarra y el murmullo de acordes mezclándose con voces desconocidas.—Y, oye —añadió Miguel, guiñándole un ojo—, lleva tu guitarra. A lo mejor conoces a una poeta o cantante. Pero… ¿te animarías a hablarle a una chava?Rómulo sintió un nudo en el estómago, pe
Leer más