32. Sangre y estirpe.
Gabriel se preparó para hablar, pasó los dedos por su entrecano cabello y luego murmuró.
— Lo que les dijo ese alfa es verdad — comentó, pude ver como franco perdía las fuerzas en las piernas y caía en el mueble dónde había estado sentado hacia un segundo.
Maximiliano permanecía serio, con una extraña expresión y yo me abracé a mi misma, de repente el hambre que tenía se había espantado de mi organismo. Yo sabía que todo era verdad, porque había sido de esas mujeres inseminadas, pero por alguna extraña razón, la tensión que se formó en el ambiente se me contagió como una gripe apestosa.
— ¿Por qué? — fue lo único que preguntó franco después de un incómodo silencio.
— Era necesario — murmuró Maximiliano, pero franco se puso de pie.
— ¡Le quitaste su hijo a otro alfa!
— ¡Ten cuidado con la forma en la que me estás hablando! — le gritó Maximiliano con tanta fuerza que todos en el lugar dimos un salto. Franco cayó sentado nuevamente en el asiento — No olvides tú lugar.
— Si