El caos en la Villa "L'Ombra della Vite" era ensordecedor. El humo de las granadas lacrimógenas se mezclaba con el polvo de siglos que se levantaba de los muebles destrozados por las balas. Bianca, con el relicario de su madre apretado contra el pecho como un talismán, se movía agachada, siguiendo la estela de Alessandro, quien disparaba con una precisión letal a pesar de la sangre que manchaba el vendaje de su hombro.
Gunnar, el gigante islandés, cubría la retaguardia con su rifle de asalto, rugiendo órdenes en su idioma natal. Parecían estar ganando terreno hacia la salida trasera, cuando la traición golpeó desde adentro.
Nikos, uno de los mercenarios griegos que Elias había contratado y que hasta ese momento había estado disparando hacia las ventanas, se giró bruscamente. Su arma no apuntaba a los invasores, sino a la espalda de Bianca.
—¡Por la Comisión! —gritó Nikos, su rostro torcido por la lealtad comprada.
El tiempo pareció ralentizarse. Bianca vio el cañón del arma girar haci