La Torre Aegis se alzaba en el distrito financiero de Singapur como un obelisco de obsidiana y luz azulada. A las tres de la mañana, el edificio no dormía; procesaba. Era un organismo cibernético que respiraba a través de potentes sistemas de refrigeración y vigilaba mediante miles de ojos electrónicos. Para Bianca y Alessandro, entrar no era solo una cuestión de fuerza, sino de sincronización absoluta con los latidos digitales del edificio.
Habían cambiado sus galas por trajes de infiltración