La vida en Saint-Jean-Cap-Ferrat había adquirido el ritmo de una marea mansa. Alessandro, ahora Luca, se había acostumbrado al peso de una caña de pescar o al timón de un yate de recreo en lugar del frío metal de una Beretta. Sin embargo, el instinto es una fiera que nunca duerme del todo; solo se domestica.
Aquella mañana, mientras el rocío aún perlaba las hojas de los girasoles, Luca notó algo inusual en el buzón de la entrada principal. No era un sobre, sino una pequeña caja de madera de sán