Kirkjubæjarklaustur no era un lugar para los débiles. El viento aullaba entre las formaciones de lava cubiertas de musgo como el lamento de miles de fantasmas, y el cielo se teñía de un verde espectral cuando las auroras boreales bailaban sobre los glaciares. En la cabaña de madera oscura, Bianca —ahora Katerina— se miraba las manos. Estaban llenas de cortes pequeños por la leña que había aprendido a cortar, y sus uñas, antes perfectamente cuidadas, estaban cortas y prácticas.
Su primer aliado no vino de la fortuna, sino del azar. Gunnar, un islandés de hombros anchos como una montaña y ojos del color del acero frío, la había observado en el mercado local. Él era un hombre que hablaba más con el rifle que con la lengua, un ex-miembro del escuadrón de élite de las fuerzas especiales noruegas que se había retirado a la soledad de su tierra natal tras ver demasiada sangre en Oriente Medio.
—No apuntas bien —le había dicho Gunnar el segundo día, cuando la vio practicando con su rifle de c