Kirkjubæjarklaustur no era un lugar para los débiles. El viento aullaba entre las formaciones de lava cubiertas de musgo como el lamento de miles de fantasmas, y el cielo se teñía de un verde espectral cuando las auroras boreales bailaban sobre los glaciares. En la cabaña de madera oscura, Bianca —ahora Katerina— se miraba las manos. Estaban llenas de cortes pequeños por la leña que había aprendido a cortar, y sus uñas, antes perfectamente cuidadas, estaban cortas y prácticas.
Su primer aliado