La primera noche

La mansión de los Montiel se alzaba imponente en el exclusivo sector de Arroyo Hondo, rodeada de jardines perfectamente cuidados y altas verjas de hierro forjado. El auto negro se detuvo frente a la entrada principal con un suave ronroneo. Valeria bajó sin esperar a que nadie le abriera la puerta, todavía con el vestido de novia puesto, ahora arrugado, manchado de lágrimas y con olor a perfume mezclado con sudor.

Mateo bajó detrás de ella en silencio. Su presencia era imposible de ignorar: alto, fuerte, con esa camisa negra desabotonada y las botas polvorientas que contrastaban brutalmente con el lujo impecable de la mansión.

Sofía, la empleada de confianza de la familia desde hacía más de quince años, los recibió en la entrada con una sonrisa nerviosa y compasiva.

—Bienvenidos… señor y señora de la Vega. La suite principal está lista, tal como ordenó el señor Montiel. He preparado todo lo necesario.

Valeria sintió un nudo apretado en el estómago.

—¿La misma habitación? —preguntó con la voz ronca por haber llorado tanto.

Sofía bajó la mirada, incómoda.

—Órdenes estrictas de su padre, señorita Valeria. Para mantener las apariencias frente al servicio y a cualquier visita inesperada. Hay ropa cómoda para ambos en el vestidor.

Valeria no respondió. Subió las escaleras con el vestido recogido en una mano, sintiendo el peso de cada paso. Mateo la siguió sin decir una palabra, cargando su pequeña maleta desgastada que parecía fuera de lugar en aquel palacio de mármol y cristal.

Cuando entraron en la enorme suite principal, Valeria cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. La habitación era espectacular: una cama king size con dosel de madera tallada, ventanales que daban al jardín iluminado, un sofá chaise longue en una esquina y un baño privado con jacuzzi. Todo olía a flores frescas y a lujo costoso.

—No voy a dormir contigo —dijo Valeria sin mirarlo, quitándose el velo con manos temblorosas—. No me importa lo que diga mi padre. Esto es una farsa, no un matrimonio real.

Mateo dejó su maleta en el suelo y se cruzó de brazos, observándola con calma.

—No tengo intención de tocarte si tú no quieres —respondió con voz grave y tranquila—. Dormiré en el sofá. Es lo suficientemente grande.

Valeria se giró hacia él, todavía con el vestido puesto.

—¿Por qué aceptaste esto realmente, Mateo? No me vengas con la historia de salvar la empresa familiar. Tú odias este mundo. Te expulsaron hace siete años. ¿Qué ganas tú con todo esto?

Mateo se quitó la camisa sucia lentamente y la tiró sobre una silla, quedando solo con una camiseta negra ajustada que marcaba sus músculos trabajados por el trabajo físico. La cicatriz en su pecho izquierdo era claramente visible bajo la tela fina. Se acercó a la ventana y miró la noche oscura del jardín.

—Gano varias cosas —dijo al fin—. Salvar mi albergue ecológico en Jarabacoa, que está a punto de quebrar por las deudas. Recuperar parte de la herencia que me corresponde. Y… saldar una deuda personal que tengo desde hace ocho años.

Valeria se acercó un paso, intrigada a pesar de sí misma.

—¿Qué deuda?

Mateo se volvió hacia ella. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz suave de las lámparas.

—Esa noche en la carretera de la Cordillera… tú me encontraste. Estaba herido, sangrando, huyendo de una pelea con mi padre. Me subiste a tu auto sin hacer preguntas, me llevaste al hospital más cercano y, antes de irte, me dejaste tu pulsera en la mano. Me dijiste “para que tengas suerte”. Nunca supe tu nombre completo… hasta hoy.

Valeria abrió mucho los ojos, sorprendida. Recordaba vagamente aquella noche de lluvia, hacía ocho años. Ella volvía de una fiesta en la montaña y había visto un hombre tirado al lado de la carretera.

—¿Eras tú? —susurró, incrédula.

Mateo asintió lentamente.

—Nunca olvidé tu voz. Ni tu olor a vainilla y jazmín. Por eso estoy aquí. No por mi madre, ni por mi hermano, ni por el dinero. Estoy aquí porque sentí que te debía algo. Y porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien me necesitaba.

El silencio se volvió denso y cargado. Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza contra el corsé del vestido.

—No sé si creerte —dijo finalmente, con la voz temblorosa—. Todo esto parece una pesadilla. Me abandonaron en el altar, me obligaron a casarme con un desconocido… y ahora resulta que ese desconocido dice que me debe la vida.

Mateo dio un paso hacia ella, pero se detuvo a una distancia respetuosa.

—No te pido que me creas esta noche. Solo te pido que me dejes protegerte estos dos años. Seré tu esposo de cara al mundo, pero en privado seré lo que tú necesites: un escudo, un amigo… o simplemente alguien que duerma en el sofá.

Valeria lo miró de arriba abajo. Por primera vez notó lo diferente que era de Alejandro. Mateo no tenía esa pulcritud artificial. Tenía cicatrices, tatuajes, manos callosas y una mirada que parecía haber visto demasiado.

—Necesito cambiarme —murmuró ella, rompiendo el momento.

Mateo asintió y se dirigió al sofá chaise longue.

—Usa el baño. Yo me quedaré aquí.

Valeria entró al baño grande y cerró la puerta. Se miró en el espejo y apenas se reconoció. El maquillaje corrido, los ojos hinchados, el cabello revuelto. Se quitó el vestido con dificultad, sintiendo cómo las lágrimas volvían a amenazar. Se puso un camisón de seda blanco que Sofía había dejado preparado y salió del baño.

Mateo ya estaba acostado en el sofá, con un brazo detrás de la cabeza y la camiseta subida ligeramente, dejando ver parte de su abdomen marcado y la cicatriz. No la miró directamente, pero ella sintió su presencia en cada rincón de la habitación.

Valeria se metió en la enorme cama, tapándose hasta el cuello. El silencio era pesado.

—¿Por qué no le dijiste a nadie lo de aquella noche? —preguntó de pronto, sin poder contenerse.

Mateo tardó unos segundos en responder.

—Porque no quería que me vieran como alguien débil. Y porque… después de esa noche, empecé a creer que tal vez existían personas buenas en este mundo de m****a.

Valeria giró la cabeza hacia él. La luz de la luna entraba por las cortinas entreabiertas, iluminando su perfil fuerte.

—No soy una buena persona —susurró ella—. Solo hice lo que cualquiera habría hecho.

Mateo sonrió ligeramente en la oscuridad.

—No cualquiera se detiene en una carretera oscura a las dos de la mañana para ayudar a un desconocido sangrando. Tú lo hiciste.

Otro silencio largo.

—Duerme, Valeria —dijo él con voz suave—. Mañana será un día largo. Tendremos que enfrentar a la prensa, a tu padre y probablemente a mi hermano cuando se entere de lo que pasó.

Valeria cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. Sentía la presencia de Mateo a pocos metros, su respiración tranquila, su olor a bosque y a hombre. Por primera vez en todo el día no se sentía completamente sola… pero también sentía un miedo nuevo.

Porque el hombre que ahora era su esposo ocultaba mucho más que un simple secreto del pasado.

Y ella no sabía si estaba preparada para descubrirlo.

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