Alma Nova murió una mañana de abril, a los setenta y nueve años.
Fue una muerte tranquila, en su cama, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos. La lluvia caía suave afuera, como si el cielo supiera que era el momento adecuado. En sus últimos días había pedido que dejaran las ventanas abiertas para escuchar el agua.
Su última palabra fue un susurro que solo Luna Rosa alcanzó a oír:
—Diles… que no bailen.
Después de su entierro, Luna Rosa cumplió la última voluntad de su madre. Viajó sola a las