La tarde caía sobre Santo Domingo con un calor pegajoso cuando el auto negro se detuvo frente al edificio corporativo de los Montiel-De la Vega. Valeria miró por la ventanilla con el estómago hecho un nudo. El imponente rascacielos de vidrio reflejaba las nubes rojizas del atardecer, pero para ella solo parecía una jaula de lujo.Mateo iba sentado a su lado, en silencio. Había cambiado su ropa informal por una camisa negra limpia y pantalones oscuros, pero seguía teniendo ese aire de quien no pertenecía a ese mundo de trajes caros y corbatas de seda.—Recuerda —dijo Ramón Montiel desde el asiento delantero, sin volverse—: sonrían, hablen poco y firmen sin hacer preguntas. Los abogados ya tienen todo preparado.Valeria apretó los puños sobre su regazo. Mateo, a su lado, solo soltó un leve bufido.Cuando bajaron del auto, varios empleados los miraron con curiosidad disimulada. Las noticias de la “boda sorpresa” ya se habían filtrado por los pasillos de la empresa. Algunos susurraban, ot
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