La mañana después

La luz del sol se filtraba a través de las cortinas entreabiertas de la suite principal, iluminando la habitación con un tono dorado suave. Valeria abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de la noche anterior en cada músculo de su cuerpo. Por un segundo, pensó que todo había sido una pesadilla. Pero el olor a sábanas nuevas, el techo alto con molduras de yeso y el silencio opresivo de la mansión le recordaron la cruda realidad.

Estaba casada.

Y no con el hombre que había elegido, sino con su hermano.

Se incorporó en la enorme cama king size, todavía con el camisón de seda blanca que Sofía había dejado preparado. Su mirada recorrió la habitación hasta posarse en el sofá chaise longue. Mateo ya no estaba allí. La manta estaba doblada con cuidado y su maleta seguía en el mismo lugar donde la había dejado la noche anterior.

Valeria soltó un suspiro tembloroso y se levantó. Sus pies descalzos tocaron el frío mármol del suelo. Se acercó al ventanal y miró el jardín perfectamente cuidado. Todo parecía normal… excepto su vida.

Un golpe suave en la puerta la sobresaltó.

—Señora de la Vega —llamó Sofía desde el otro lado—, el desayuno está listo en el comedor. Su padre la espera.

Valeria cerró los ojos un momento. “Señora de la Vega”. Ese título le sonaba extraño, equivocado.

—Bajo en diez minutos —respondió con voz ronca.

Se duchó rápidamente, dejando que el agua caliente llevara parte de la tensión de su cuerpo. Se puso un vestido sencillo de lino beige, se recogió el cabello en una coleta baja y bajó las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza.

En el comedor principal, Ramón Montiel ya estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de caoba. Frente a él había una taza de café negro y el periódico del día abierto. Cuando Valeria entró, levantó la mirada con expresión seria.

—Buenos días —dijo él con tono formal—. Siéntate.

Valeria obedeció. Un segundo después, Mateo apareció por la puerta del jardín. Se había duchado y cambiado. Llevaba una camisa negra limpia, jeans oscuros y el cabello todavía húmedo. Su presencia llenó la habitación de inmediato.

—Buenos días —saludó Mateo con voz grave, sentándose al lado de Valeria sin pedir permiso.

Ramón lo miró con evidente desagrado, pero no dijo nada al respecto.

—Tenemos que hablar —comenzó Ramón sin preámbulos—. La prensa está afuera. Han estado llamando desde anoche. Quieren declaraciones sobre la “boda sorpresa”. También hemos recibido llamadas de varios inversionistas preocupados por la alianza.

Valeria apretó las manos sobre su regazo.

—¿Y qué vamos a decirles?

—Que fue un cambio de último minuto por motivos personales —respondió su padre con frialdad—. Que Mateo y tú se enamoraron en secreto y decidieron casarse. La versión oficial es que Alejandro tuvo un problema familiar urgente y no pudo asistir.

Mateo soltó una risa corta y seca.

—¿Enamorarnos en secreto? ¿En serio crees que alguien se va a creer esa m****a?

Ramón lo fulminó con la mirada.

—Creerán lo que nosotros les digamos. Tú solo tienes que sonreír, mantener la boca cerrada y actuar como un esposo enamorado durante las próximas semanas.

Valeria sintió náuseas.

—¿Y si Alejandro regresa? —preguntó en voz baja.

—Entonces resolveremos eso cuando ocurra —respondió Ramón—. Por ahora, la prioridad es controlar el daño. Hoy mismo daremos una pequeña conferencia de prensa en el jardín. Quiero que ambos aparezcan juntos, tomados de la mano y con buena cara.

Mateo se recostó en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Yo no soy actor. No voy a fingir que estoy locamente enamorado.

Ramón golpeó la mesa con la palma de la mano.

—Harás lo que sea necesario. Firmaste el contrato. Si no cumples, perderás todo: tu parte de la herencia, el albergue y cualquier posibilidad de volver a esta familia.

Valeria miró a Mateo de reojo. Su mandíbula estaba tensa, pero no dijo nada más.

Después del desayuno, Sofía los llevó al jardín trasero, donde ya habían preparado un pequeño set con sillas y micrófonos para la conferencia improvisada. Los periodistas autorizados esperaban afuera de la verja.

Antes de salir, Mateo tomó la mano de Valeria con firmeza. Sus dedos callosos envolvieron los de ella.

—Respira —murmuró cerca de su oído—. Solo mírame a mí. No mires a las cámaras.

Valeria asintió, aunque su corazón latía con fuerza.

Cuando salieron al jardín, los flashes explotaron. Los periodistas comenzaron a lanzar preguntas:

—¿Es cierto que Alejandro huyó con otra mujer?

—¿Por qué se casaron tan rápido?

—¿Fue un matrimonio por amor o por conveniencia?

Mateo apretó la mano de Valeria y respondió con voz calmada pero firme:

—Valeria y yo nos casamos porque queremos estar juntos. El resto son asuntos privados.

Valeria se obligó a sonreír, aunque por dentro se sentía morir.

Una periodista insistió:

—¿Y qué dice Alejandro de todo esto?

Mateo respondió sin titubear:

—Alejandro tomó su decisión. Nosotros tomamos la nuestra.

La conferencia duró solo diez minutos, pero para Valeria fueron los diez minutos más largos de su vida.

Cuando volvieron dentro de la casa, Ramón los esperaba en el salón.

—Bien hecho —dijo con satisfacción—. Ahora necesito que se comporten como una pareja normal. Salgan juntos, tomen fotos, muestren que son felices. La imagen es todo.

Valeria sintió que le faltaba el aire. Se soltó de la mano de Mateo y subió corriendo a la suite.

Una vez dentro, cerró la puerta y se dejó caer contra ella, respirando agitadamente.

Mateo entró poco después y cerró la puerta con suavidad.

—Valeria…

—No —lo interrumpió ella, levantando una mano—. No me digas que todo va a estar bien. Nada está bien. Estoy casada con un hombre que apenas conozco, fingiendo ser feliz mientras mi exnovio está quién sabe dónde con otra mujer. Y mi padre solo piensa en su maldita alianza empresarial.

Mateo se acercó lentamente y se detuvo a un metro de ella.

—No estoy aquí para obligarte a nada —dijo con voz baja—. Pero si vamos a sobrevivir estos dos años, necesitamos reglas.

Valeria levantó la mirada hacia él.

—¿Reglas?

—Sí. Primera: en público, seremos la pareja perfecta. Segunda: en privado, seremos honestos. Tercera: si en algún momento quieres terminar esto, dímelo. No te retendré.

Valeria lo miró en silencio durante varios segundos.

—¿Y la cuarta regla? —preguntó con voz temblorosa.

Mateo dio un paso más cerca, hasta que solo unos centímetros los separaban.

—La cuarta es que no te tocaré… a menos que tú me lo pidas.

El aire entre ellos se volvió pesado. Valeria podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el olor a jabón y a hombre que lo envolvía.

Por un segundo, sus miradas se encontraron y algo peligroso chispeó entre ellos.

Mateo fue el primero en apartar la mirada.

—Descansa —dijo con voz ronca—. Esta tarde tenemos que ir a la empresa para firmar los papeles del contrato matrimonial.

Cuando salió de la habitación, Valeria se quedó sola, con el corazón latiéndole con fuerza y una pregunta que no dejaba de darle vueltas en la cabeza:

¿Cuánto tiempo podría resistir antes de cruzar la línea con el hombre que ahora era su esposo?

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