Mundo ficciónIniciar sesiónLas puertas principales de la Catedral Primada de América se abrieron con un golpe seco que resonó en toda la nave como un trueno. El silencio que había caído después del anuncio de la fuga de Alejandro se rompió de golpe.
Valeria levantó la mirada entre lágrimas, con el rostro surcado de rímel negro y el velo pegado a sus mejillas húmedas. Su corazón, que ya latía desbocado, dio un vuelco aún más violento cuando vio la figura que avanzaba con paso firme por el pasillo central. No era Alejandro. El hombre que caminaba hacia el altar era más alto, de hombros anchos y complexión fuerte, como alguien acostumbrado al trabajo físico y no a las oficinas con aire acondicionado. Llevaba una camisa negra sencilla, desabotonada en los primeros botones, dejando ver un poco de piel bronceada y el borde de un tatuaje oscuro que subía por su cuello. Los pantalones oscuros estaban cubiertos de polvo rojo de la Cordillera Central, y sus botas pesadas contrastaban brutalmente con el mármol pulido de la catedral. Su cabello negro estaba ligeramente revuelto por el viento, y una barba incipiente sombreaba su mandíbula fuerte y angulosa. Sus ojos verdes, intensos y penetrantes, se clavaron directamente en Valeria desde el primer segundo, como si pudiera ver a través de su velo, de su dolor y de todas las capas de humillación que la cubrían. Mateo de la Vega. Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Había visto fotos antiguas de él en la casa de los De la Vega, pero nunca lo había tenido tan cerca. Era como mirar una versión más cruda, más salvaje y peligrosa de Alejandro… y al mismo tiempo, completamente diferente. No había ni rastro de la sonrisa pulida y artificial de su hermano mayor. Mateo caminaba con una seguridad tranquila pero amenazante, como un lobo que entra en territorio desconocido sin miedo. Elena de la Vega soltó un suspiro audible de alivio y corrió hacia su hijo menor, tomándolo del brazo con desesperación. —Mateo, gracias a Dios que llegaste. El sacerdote está esperando. Rápido, hay un traje en la sacristía… Mateo no miró a su madre. Sus ojos seguían fijos en Valeria, estudiándola con una intensidad que la hizo sentir completamente expuesta. Se detuvo a solo dos metros del altar y habló con voz grave, ronca y profunda, sin levantar el tono: —Estoy aquí. Pero quiero que quede muy claro: no lo hago por esta familia. No lo hago por el dinero ni por el apellido. Lo hago porque alguien tiene que salvar esta vergüenza pública. Ramón Montiel se acercó con paso autoritario, mirándolo de arriba abajo con evidente desagrado. El contraste entre el traje impecable de Ramón y la ropa polvorienta de Mateo era casi insultante. —Mientras cumplas con tu parte del acuerdo, no me importa cuáles sean tus motivos —dijo Ramón con frialdad—. La ceremonia debe continuar ahora mismo. La prensa ya está sacando fotos desde las puertas laterales. Valeria dio un paso atrás, el pesado vestido enredándose entre sus piernas como cadenas invisibles. —No… esto es una locura. No puedo casarme con él. Ni siquiera lo conozco. Mateo giró ligeramente la cabeza hacia ella. Su mirada se suavizó apenas un segundo antes de volver a endurecerse. —Puedes negarte —respondió con voz baja, solo para que ella lo escuchara—. Pero si lo haces, mañana todos los periódicos y redes sociales hablarán de cómo la hija de Ramón Montiel fue abandonada en el altar frente a cuatrocientas personas. ¿Estás preparada para vivir con eso el resto de tu vida? Valeria lo miró directamente a los ojos, con rabia y dolor mezclados. —¿Y tú? ¿Estás preparado para casarte con una mujer que ni siquiera quería mirarte hace una hora? ¿Con alguien que te ve solo como un remplazo barato? Mateo dio un paso más cerca. El olor a tierra húmeda, a bosque y a algo masculino y limpio llegó hasta ella, envolviéndola. Su presencia era abrumadora, casi asfixiante. —No tengo que gustarte —dijo con calma—. Solo tengo que estar aquí. Dos años. Un contrato firmado. Después cada quien puede seguir su camino como si nada hubiera pasado. Elena intervino nerviosa, tomando el brazo de su hijo. —Mateo, por favor, al menos cambia esa camisa. Hay un traje listo en la sacristía… —No —la cortó él sin apartar la mirada de Valeria—. Me caso así o no me caso. No voy a fingir ser quien no soy solo para complacer a esta gente. Ramón Montiel apretó los dientes, pero finalmente asintió con la cabeza, resignado. —Que comience la ceremonia. Ahora. El sacerdote, visiblemente incómodo y sudando bajo su sotana, carraspeó y abrió el libro litúrgico. Los pocos invitados que aún quedaban —familiares cercanos y algunos amigos que no se habían atrevido a marcharse— observaban la escena con una mezcla de shock, curiosidad y morbo. Valeria sentía que las piernas le fallaban. Cuando el sacerdote preguntó si alguien se oponía al matrimonio, el silencio fue tan denso que parecía que el tiempo se había detenido. Entonces llegó el momento que más temía. —Valeria Montiel… ¿aceptas a Mateo de la Vega como tu legítimo esposo? Ella cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas seguían cayendo sin control. Su mente gritaba que dijera “no”, que huyera, que terminara con esa farsa humillante. Pero la voz fría de su padre resonaba en su cabeza: “Todo se derrumbará”. Con la voz rota y apenas audible, susurró: —Acepto… El sacerdote repitió la pregunta hacia Mateo. Mateo no dudó ni un segundo. Su voz grave y firme llenó la catedral como un juramento: —Acepto. Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, Mateo tomó la mano izquierda de Valeria con una delicadeza inesperada. Sus dedos eran callosos por el trabajo manual, cálidos y fuertes. Le deslizó el anillo de oro blanco que Elena le había entregado a toda prisa. El anillo le quedaba un poco grande, pero se quedó en su dedo. Valeria levantó la mirada hacia él. Estaban tan cerca que podía ver las motas más oscuras en sus ojos verdes y la cicatriz fina que cruzaba su ceja izquierda. Por un segundo, Mateo se inclinó ligeramente hacia ella y murmuró solo para sus oídos, con voz ronca: —No llores más. Yo no te voy a abandonar. Esas palabras la golpearon como un rayo. Había algo en su tono… algo familiar, profundo, que no lograba identificar. Como un eco lejano de una noche que había intentado olvidar. El beso tradicional fue breve y tenso. Mateo solo rozó sus labios con los suyos, un contacto ligero pero cargado de electricidad y promesas no dichas. Valeria sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda. Cuando se separaron, los flashes de las cámaras explotaron desde las puertas laterales. La prensa había logrado entrar parcialmente. Mañana los titulares dirían: “Escándalo en la boda del año: el hermano menor reemplaza al novio fugado”. La ceremonia terminó en medio de un silencio incómodo. Nadie aplaudía. Nadie felicitaba. Solo se escuchaban murmullos y el sonido de zapatos sobre el mármol mientras la gente comenzaba a retirarse. Mateo no soltó la mano de Valeria mientras caminaban hacia la salida. Su agarre era firme, casi protector, como si temiera que ella se desmayara en cualquier momento. Cuando llegaron al auto negro que los esperaba afuera, Valeria se detuvo de golpe y lo miró con los ojos enrojecidos e hinchados. —¿Por qué lo hiciste realmente? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Por qué aceptaste casarte con una completa desconocida? Mateo la miró durante varios segundos en silencio. El viento de la tarde movía su cabello oscuro. Finalmente, respondió con voz baja pero clara: —Porque alguien tenía que hacerlo… y porque hace ocho años, una chica me salvó la vida en una carretera desierta. Me subió a su auto sin hacer preguntas, me llevó al hospital y, antes de irse, me dejó su pulsera en la mano. Me dijo “para que tengas suerte”. Nunca supe su nombre… hasta hoy. Valeria abrió los ojos con sorpresa, confundida y con el corazón latiéndole con fuerza. —¿Eras tú? Mateo esbozó una sonrisa pequeña, casi triste, y abrió la puerta del auto para ella. —Sube, Valeria. Tenemos una larga noche por delante… y muchos secretos que descubrir. Valeria entró al vehículo con las piernas temblando. No entendía nada. Solo sabía que su vida acababa de cambiar para siempre. Y que el hombre sentado a su lado ahora era su esposo. Un esposo que ocultaba un secreto peligroso. Un esposo que, por primera vez en todo el día, la había hecho sentir que no estaba completamente sola.






