Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3 —El intento de pago
Ella no tomó la pluma. Permaneció sentada frente a la libreta negra que Dante había dejado sobre la mesa, con las manos inmóviles sobre sus piernas y los ojos fijos en el bolígrafo como si fuera algo demasiado pesado para tocarlo.
Dante la observó en silencio unos segundos. Luego exhaló despacio y se recostó contra la silla.
—Entiendo —dijo al final, con una voz más baja de lo habitual—. Tal vez sea demasiado para una sola noche.
La joven levantó apenas la mirada hacia él.
—Pero mañana voy a necesitar que lo intentes —continuó Dante—. Como sea. Escribiendo, señalando... algo.
Ella bajó los ojos otra vez. Dante tomó la libreta y la cerró.
—Ven. Voy a mostrarte dónde vas a dormir.
Se puso de pie y caminó hacia el pasillo. Dudó apenas un instante antes de seguirlo.
El segundo dormitorio era grande, sobrio y completamente impersonal. La cama estaba perfectamente hecha, las luces eran cálidas y los ventanales mostraban una vista inmensa de la ciudad nocturna. Se detuvo en la entrada.
Dante notó cómo sus ojos recorrían la habitación, evaluando cada rincón, cada puerta, cada posible salida.
—Nadie va a entrar aquí —dijo él—. Puedes cerrar por dentro si quieres.
Ella lo miró rápidamente, como sorprendida por la posibilidad.
Él señaló una pequeña mesa junto a la cama.
—El bolso médico está ahí. No te quites las vendas. Y no arranques el catéter otra vez.
Ella asintió lentamente.
Dante permaneció un segundo más en la puerta. No sabía por qué demonios seguía hablando con ella como si realmente esperara una respuesta.
—Buenas noches.
Ella no se movió. Dante salió del dormitorio y cerró la puerta.
Cuando llegó a su propia habitación, se quitó la camiseta, abrió el mueble bar y se sirvió un vaso generoso de whisky puro. Le dio un trago corto.
El ardor del alcohol descendió por su garganta mientras las imágenes del hospital regresaban una detrás de otra. Las cicatrices, las quemaduras, las marcas de los grilletes. El sello de Fagundez tatuado sobre la clavícula de la chica.
La mandíbula se le endureció.
Abel Fagundez era un animal enfermo. Dante había torturado hombres antes, había ordenado ejecuciones y desaparecido enemigos sin pestañear, pero aquello era distinto. No había estrategia en lo que le habían hecho a esa chica. Solo crueldad.
El crujido suave de la puerta lo obligó a tensarse. Giró la cabeza de inmediato. La puerta de su habitación, que había dejado apenas entornada, se abrió lentamente. Ella estaba allí.
Solo llevaba puesta la camiseta negra que él le había dejado. Le quedaba enorme, cubriéndole el cuerpo hasta medio muslo y acentuando todavía más su delgadez extrema. Su cabello caía lacio sobre los hombros y sus pies descalzos no hacían el menor ruido sobre el suelo de madera.
Pero lo que llamó la atención de Dante fue la rigidez absoluta de su postura. Parecía prepararse para algo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, frunciendo el ceño—. Te dije que te quedaras en tu habitación.
La joven no retrocedió. Sus ojos oscuros permanecieron clavados en él con una intensidad extraña. Había miedo, sí. Pero también algo más, tal vez resolución. Como si hubiera tomado una decisión muy difícil.
Dante sostuvo el vaso a mitad de camino. Entonces ella empezó a caminar. Uno, dos, tres pasos lentos hasta quedar bajo la luz tenue de la lámpara. No apartó los ojos de ella, la observó mientras levantaba lentamente las manos vendadas.
Se quitó la camiseta. No hubo vergüenza, ni seducción, ni vacilación. La tela neg*ra cayó al suelo.
Quedó completamente desnuda frente a él, ofreciéndose con una frialdad mecánica que hizo que algo oscuro estallara dentro del pecho de Dante.
La comprensión del acto lo golpeó como una bala. Eso era lo que conocía. Eso era lo que habían convertido en normal para ella.
El vaso se le escapó de los dedos y se hizo añicos contra el suelo.
—¡Detente! —rugió Dante.
Cosa que la hizo estremecer violentamente.
Dante cruzó la habitación en dos zancadas furiosas y la empujó hacia atrás hasta estrellarla contra la pared. Ella cerró los ojos de inmediato. Esperando el golpe. Ese gesto fue suficiente para que la rabia de Dante se volviera todavía más brutal.
Se inclinó sobre ella, atrapándola entre sus brazos y la pared, respirando con fuerza.
—Mírame.
Tardó un segundo en obedecer. Cuando abrió los ojos, encontró el rostro de Dante a centímetros del suyo. Sus facciones duras estaban completamente desencajadas por la furia.
—Escúchame bien, mal*dita sea —siseó él—. Yo no soy Fagundez. No compro esclavas, no violo mujeres, y no uso el cuerpo de una chica rota para cobrar favores. ¿Te queda claro?
La respiración de ella seguía agitada. Pero algo cambió apenas un instante en sus ojos; confusión. Como si aquella reacción no encajara con nada de lo que conocía.
—Si estás en este departamento es porque yo lo decidí —continuó Dante, con la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le marcaban—. Porque eres mi responsabilidad ahora, pero no eres mi pu*ta. Así que deja de actuar como si me debieras el cuerpo por darte una cama y comida.
Ella tragó saliva. Y entonces ocurrió algo mínimo, negó lentamente con la cabeza, no con miedo; con desconcierto. Como si no pudiera entender cómo un hombre capaz de llenar una mansión de cadáveres estuviera furioso… precisamente porque ella intentó entregarse.
Dante se quedó inmóvil un segundo. Aquella reacción lo golpeó más fuerte de lo esperado. Porque por primera vez ella no parecía aterrada. Parecía desorientada.
—No me debes nada —dijo él, más bajo esta vez, aunque la rabia seguía vibrándole en la voz—. Y si vuelves a hacer algo así, voy a enfadarme de verdad. ¿Entendido?
Le sostuvo su mirada. Luego ocurrió otra cosa inesperada. Muy despacio… levantó una mano temblorosa y se tocó la clavícula. Justo sobre el tatuaje de Fagundez. Los ojos de Dante bajaron automáticamente hacia la marca.
Y entonces entendió; no era solo obediencia, era condicionamiento. Le habían enseñado que ese símbolo significaba pertenencia. Que la comida, el techo y el derecho a seguir respirando, se pagaban de esa manera.
La furia de Dante se volvió hielo puro. Ella volvió a mirarlo. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba.
Él retrocedió un paso de golpe, pasó una mano por su cabello y tomó la camiseta del suelo.
Se la tendió sin mirarla directamente.
—Póntela.
Ella dudó apenas un segundo antes de obedecer. La camiseta volvió a cubrirle el cuerpo.
Dante giró el rostro hacia los ventanales, dándole la espalda mientras intentaba controlar la violencia que todavía le hervía dentro.
—Vuelve a tu habitación —ordenó con voz ronca—. Y no salgas de ahí hasta mañana.
El silencio llenó el cuarto. Permaneció quieta junto a la pared durante varios segundos.
Luego, lentamente, se acomodó la camiseta sobre los hombros. Miró los vidrios rotos en el suelo, el whisky derramado, la espalda rígida de Dante. Y por primera vez desde que había sido sacada del sótano… entendió algo. Ese hombre podía gritar, podía destruir cosas, podía matar hombres; pero no iba a tocarla.
Observó la espalda del Hijo del Diablo unos segundos más. Después dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo apenas un instante. Giró el rostro hacia él. Y asintió, no era obediencia, era aceptación.
Luego desapareció en el pasillo, dejando a Dante solo en medio del silencio y el olor a whisky derramado, preguntándose qué demonios iba a hacer con aquella chica que parecía más rota cuanto más intentaba comprenderla.







