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El Silencio de la ESCLAVA
El Silencio de la ESCLAVA
Por: Francis Wil
Capítulo 1 —El olor a pólvora

Capítulo 1 —El olor a pólvora

El aire apestaba a pólvora, gasolina y sangre fresca.

Dante Adler caminó entre los restos de la mansión con el ceño endurecido por la frustración. Abel Fagundez había escapado minutos antes de que sus hombres cerraran el perímetro. El lugar ardía, los cadáveres seguían calientes y aun así el bastardo había logrado huir.

A su alrededor, los hombres terminaban de asegurar el perímetro, ejecutando a los pocos soldados enemigos que habían quedado atrás para cubrir la huida de su jefe. No había espacio para la piedad. No en el vocabulario de Dante.

Era el Hijo del Diablo, el mafioso más temido de la costa, y aquella noche estaba decidido a hacerle honor a su reputación.

Dante encendió un cigarrillo.

—Jefe —una voz rompió el silencio. El hombre se acercó con paso rápido—. El piso superior y las oficinas están limpios. Fagundez no dejó documentos, quemó todo antes de escapar. Pero encontramos algo más abajo. En la zona de las cocinas hay una puerta acorazada con triple cerrojo de seguridad. No figura en los planos.

Dante expulsó una densa nube de humo grisáceo por la nariz de manera lenta.

—Ábranla.

Descendieron por una escalera angosta de hormigón hasta el sótano más profundo. La humedad se pegaba a la piel. Al final del pasillo, dos hombres forzaban una enorme puerta de hierro con un ariete hidráulico. Los cerrojos cedieron con un estruendo metálico.

Dante esperaba dinero, armas o documentos. Pero detrás de aquella puerta había una celda.

Cadenas colgaban de las paredes. En un rincón, sobre un colchón mugriento tirado directamente en el suelo, había una joven encadenada.

Llevaba un vestido roto y sucio. Tenía las muñecas lastimadas por los grilletes y el cabello le caía desordenado sobre el rostro. Pero lo que hizo que Dante se detuviera fueron sus ojos; oscuros, vacíos y quietos. Ella no lloraba, no pedía ayuda, ni siquiera parecía sorprendida. Uno de los soldados levantó el rifle.

—¿La eliminamos?

La chica no reaccionó. 

—Adler, joder, ella... ¡se parece muchísimo a Branka! —dijo Matías, amigo y mano derecha del hijo del diablo

—No digas estupideces, no se parece en nada —le respondió con furia, porque mirandola bien, sí se parecía

Dante desvió la mirada al otro hombre que apuntaba a la joven con su rifle..

—Baja la mal*dita arma.

El hombre obedeció de inmediato.

Dante avanzó lentamente hasta quedar frente a ella. En la clavícula izquierda distinguió un tatuaje con las iniciales de Fagundez. Una marca de propiedad. La mandíbula se le tensó.

—Córtenle las cadenas.

La cizalla partió el hierro con dos golpes secos. Los grilletes quedaron sueltos alrededor de sus muñecas y tobillos.

Dante se quitó la chaqueta y la dejó sobre los hombros de la joven.

—Eres libre —dijo con frialdad—. Este lugar va a arder. Vete.

Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia las escaleras. No llegó lejos. El sonido del hierro arrastrándose contra el suelo lo hizo detenerse.

La joven se había lanzado hacia adelante y se aferraba a su bota con ambas manos, abrazándole la pierna con desesperación. Dante soltó un insulto entre dientes.

—Suéltame.

Ella apretó más fuerte. Intentó avanzar y prácticamente tuvo que arrastrarla por el suelo. La chica seguía aferrada a él como si soltarlo significara morir. Y probablemente así era. 

Dante se agachó de golpe para apartarla, pero cuando sus dedos rozaron las heridas de sus muñecas, ella se puso rígida y mostró los dientes apenas un instante, como un animal aterrado.

El gesto lo hizo detenerse. No era sumisión. Era puro instinto de supervivencia.

—Mal*dita sea...

La levantó en brazos de un solo movimiento. Ella escondió el rostro contra su pecho y se aferró a la tela de su camisa sin emitir un solo sonido.

La camioneta blindada avanzaba por la carretera mientras Dante fumaba junto a la ventanilla entreabierta. La chica seguía pegada a él. No hablaba, no lloraba. Pero sus dedos continuaban aferrados al pantalón de Dante justo encima de la rodilla.

—Jefe —dijo el conductor—. El médico ya está esperando en la clínica.

—Que la revisen y le quiten esos hierros.

La reacción fue inmediata. La joven levantó la cabeza de golpe y lo miró con un pánico brutal. Sus dedos se tensaron todavía más sobre la tela negra.

—Vas a una clínica, no a una ejecución —gruñó Dante.

Ella negó rápidamente con la cabeza.

Cuando la camioneta se detuvo, uno de los hombres abrió la puerta trasera y trató de ayudarla a bajar. Fue un desastre. La chica abrió la boca dejando escapar un gruñido ronco y se lanzó directamente contra Dante. Se aferró a su camisa mientras el cuerpo entero le temblaba con violencia.

—Jefe, yo...

—Tú, nada, lárgate, la asustaste —ordenó Dante.

El médico apareció en el callejón.

—Adler, necesito revisarla.

—Entraré con ella.

Entraron así a la clínica: ella pegada a su pecho y Dante visiblemente irritado.

La acostó sobre la camilla, pero apenas intentó apartarse, la joven volvió a aferrarse a él.

—No me voy a ir —dijo Dante, perdiendo la paciencia—. Quédate quieta.

Ella seguía mirándolo como si todo dependiera de que él no cruzara esa puerta. El médico se acercó con unas tijeras.

—Tengo que quitarle la ropa.

La joven observó al hombre unos segundos. Luego llevó lentamente las manos al vestido roto. Ella empezó a desvestirse sola; sin vergüenza, sin seducción. Como alguien acostumbrado a que exibieran su cuerpo. Dante le atrapó las muñecas de inmediato.

—No.

La chica se congeló.

—Mírame —ordenó él con dureza.

Ella levantó los ojos lentamente.

—No somos Fagundez. No tienes que hacer eso.

Por primera vez, algo parecido al desconcierto atravesó el miedo de la joven. El médico continuó la revisión mientras ella seguía aferrada a la manga de Dante.

Las heridas de las muñecas eran profundas. La desnutrición evidente. Pero cuando el doctor giró apenas su cuerpo para revisarle la espalda, Dante sintió que la sangre se le congelaba. Marcas, azotes y quemaduras. Un mapa completo de tortura. La mandíbula se le endureció tanto que dolió.

Aquellas cicatrices le revivieron algo que creía enterrado desde hacía tiempo. Durante un instante pensó en otro rostro, en otro par de ojos... Branka.

Habían pasado demasiado tiempo, pero seguía recordando aquella sensación; la impotencia, la amarga certeza de no haber sido suficiente cuando más lo necesitó. Apretó los dientes. No, esta vez no iba a repetir el mismo error.

—¿Y la voz? —preguntó Dante sin apartar la vista de ella.

El médico observó la garganta de la joven con una linterna.

—No veo daños físicos evidentes. Puede ser mutismo traumático. A veces la mente bloquea el habla después de abusos prolongados.

Dante miró a la chica. Ella entendía absolutamente todo. Eso era evidente.

—Necesita quedarse internada cuarenta y ocho horas —continuó el doctor.

La reacción fue instantánea. La joven volvió a alterarse. Se incorporó bruscamente y casi arrancó la vía del suero mientras se aferraba otra vez a Dante. El médico retrocedió.

—Adler...

Dante soltó un insulto. Tenerla allí era un problema. Llevársela era una estupidez aún peor.

Pero la mirada desesperada de la chica dejaba claro que si la obligaban a quedarse sola en esa clínica, terminaría colapsando.

—Preparen el equipo portátil —ordenó finalmente—. Se viene conmigo.

El médico abrió la boca para protestar, pero la cerró al ver la expresión del mafioso.

Dante volvió a cargarla en brazos. Esta vez ella no escondió el rostro de inmediato. Sus ojos permanecieron abiertos, atentos, vigilándolo todo.

Cuando salieron de la clínica, Matías Colman apareció junto a la camioneta con una tablet en la mano y el rostro tenso.

—Dante, tenemos un problema —dijo sin rodeos—. Encontraron un segundo sótano oculto en la mansión de Fagundez. Había documentos, armas europeas y pasaportes falsos. Esto no era solo un refugio de traficantes.

Dante bajó lentamente la vista hacia la joven. Ella también había escuchado. Y por primera vez desde que la encontró, algo en sus ojos cambió; miedo, pero no sorpresa.

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