Capítulo 8 —La grieta en el muroDante se quedó unos segundos en el pasillo, con la pantalla del celular todavía encendida tras cortar con su madre. El peso de las cuarenta y ocho horas pactadas se le instaló en el pecho como una cuenta regresiva implacable. Se pasó una mano por el rostro, apagó el dispositivo y, en lugar de entrar de inmediato al departamento, buscó en su agenda el contacto de la única persona en la que confiaba ciegamente para manejar el trabajo sucio.Marcó el número de Matías Colman. Al segundo repique, su mano derecha y mejor amigo respondió con la rapidez de quien vive pegado a las frecuencias de radio.—Dante, dime que tienes buenas noticias, porque por aquí el agua empieza a hervir —saludó Colman sin preámbulos.—Necesito que intensifiques el análisis de todo lo que recuperamos en el segundo sótano de Fagundez ahora mismo, Matías —ordenó Dante, apoyando la espalda contra la pared del palier privado—. Discos duros, libros de contabilidad, registros de transport
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