Luego de tomarse un respiro junto a Leo, Lyra sintió que necesitaba su espacio, concentrarse, así que decidió alejarse y caminar por el bosque, eso siempre la relajaba.
El bosque era más honesto que muchas de las manadas, no la juzgaba, no murmuraba, no le exigía, el bosque no solo existía, sino que también la llenaba de vida y de energía.
Lyra se adentró entre los árboles sin mirar atrás, dejando que el silencio la envolviera poco a poco, como si intentara borrar lo que acababa de pasar, pero no podía.
Ella aún sentía la vibración en sus manos, en su pecho, en su cabeza, como si algo dentro de ella siguiera despierto… Esperando.
Caminó sin rumbo hasta que el sonido del agua rompió el murmullo de sus pensamientos, había encontrado un arroyo pequeño, claro y tranquilo.
Lyra se arrodilló junto a la orilla y hundió las manos en el agua helada, dejando que el frío recorriera su piel.
Respiró profundo, inhaló, exhaló, repitió el ciclo una y otra vez, luego se inclinó, salpicándose el rostro, cerrando los ojos con fuerza.
— No puedes perder el control… — Susurró Lyra para sí misma. — No otra vez… Tienes que demostrarles de lo que eres capaz, tienes que demostrarles para qué estás aquí…
Pero incluso mientras lo decía, ella sabía que no era tan simple, el rechazo no era solo por falta de control, era por mucho más.
Porque era una mujer, porque era una humana, porque descendía de una bruja, porque no tenía lobo, porque ella era algo que las manadas no entendían, porque ella era diferente.
Un crujido leve la hizo tensarse, Lyra giró la cabeza de inmediato, no vio nada, solo árboles y sombras.
Se quedó quieta unos segundos, conteniendo la respiración y entonces lo vio.
Un par de ojos pequeños y brillantes observándola desde detrás de un tronco, no era un enemigo, era un niño, un cachorro de la manada que ella acababa de visitar.
Lyra parpadeó, sorprendida.
El niño dudó un instante, pero luego dio un paso al frente, después otro y otro, hasta que estuvo completamente visible.
El pequeño no tendría más de seis o siete años, estaba descalzo, tenía tierra en las mejillas y una curiosidad que no se parecía en nada al desprecio que había visto en los adultos.
— ¿Eres tú? — Preguntó el cachorro sin miedo.
— ¿Yo? — Lyra frunció ligeramente el ceño.
— La que dicen que viene de la diosa luna. — El niño se acercó otro poco, asintiendo.
— Así es, esa soy… — Lyra le sonrió tenuemente.
El niño ladeó la cabeza, la observó con atención y entonces inhaló profundo, como lo haría un lobo.
— Hueles raro… — Soltó el pequeño, sin malicia. — Pero… se siente bien.
Ella soltó una pequeña exhalación, no era un insulto, no como los de antes en la manada.
— ¿Raro? — Repitió Lyra levantando una ceja, divertida.
El niño asintió con entusiasmo al verla sonreír.
— ¡Ajá! Como cuando va a llover… pero también como cuando la tierra se abre después y los árboles se mueven…
— Pues… No suena tan mal. — Respondió Lyra.
— No lo es… — Continuó el niño, acercándose aún más, con más confianza. — Es fuerte.
Y antes de que Lyra pudiera reaccionar, el niño extendió la mano y la tocó, fue solo un simple roce, pero fue suficiente.
El pecho le Lyra reaccionó, su mundo reaccionó, el agua del arroyo vibró levemente, las hojas cercanas se agitaron sin viento, Lyra se tensó de inmediato.
No había sentido algo como eso antes, con solo un simple contacto.
— No… Espera… — Intentó detenerlo Lyra, insegura de como su cuerpo pudiera reaccionar después de lo que había pasado antes en la aldea de lobos.
Pero el niño no se apartó, al contrario, sus ojos se iluminaron.
— Lo sentí… — Susurró el pequeño, maravillado. — Sí, eres tú.
— ¿Qué sentiste? — El corazón de Lyra latía con fuerza.
— No sé… — El pequeño frunció el ceño, intentando explicarlo— Fue como… Como si muchas hormigas hubieran recorrido todo mi cuerpo…
Hubo un momento de silencio, Lyra no sabía qué decir, porque por primera vez, alguien de esa manada, no la estaba viendo como un error, sino como algo extraordinario.
— ¿Cómo te llamas? — Preguntó Lyra en voz baja.
— Ilan.
— Yo soy Lyra.
El niño sonrió, como si ya lo supiera, cuando de pronto, un ruido entre los árboles rompió el momento y cuando Lyra levantó la vista, ahí estaba Leo, detenido entre las sombras, observando la escena.
Los ojos de Leo no estaban en el niño, estaban completamente enfocados en ella y en cuanto se cruzaron con los de Lyra, algo cambió.
Como un tirón invisible, como si algo entre ellos se tensara.
— ¡Leo! — Voceo Ilan apenas lo vio.
El niño corrió hacia el lobo sin pensarlo, Leo reaccionó de inmediato, bajando la guardia solo lo suficiente para recibir al pequeño, pero sus ojos, no se apartaron de Lyra en ningún momento.
— Lyra… Deberías volver… — Soltó finalmente Leo, con voz baja.
— Solo necesitaba… Aire. — Lyra se puso de pie lentamente.
— Lo sé. — Leo asintió, pero no se acercó, no todavía.
— Ella es la de la luna. — Ilan tiró del brazo de Leo.
— Lo sé. — Leo bajó la mirada hacia el niño, dándole una pequeña sonrisa.
— Es fuerte. La sentí. — Continuó Ilan, emocionado, ajeno a la tensión.
— Sí, es impresionante… — Agregó Leo, pero algo en su tono, no sonaba tranquilo.
Ilan sonrió, Leo intentó simular calma, pero Lyra pudo notar como él apretó la mandíbula.
— Creo que ya es hora de que vuelvas con tu manada, Ilan. — Continuó Leo, agachándose a la altura del pequeño.
— Pero… — El niño dudó.
— Ve. — Concluyó Leo con autoridad, no fue brusco, pero fue firme. El pequeño asintió.
— Nos vemos, Lyra. — Ilan miró a Lyra una última vez.
— Nos vemos. — Lyra le devolvió una pequeña sonrisa.
Cuando el niño desapareció entre los árboles, el silencio volvió.
Leo dio un paso al frente solo uno y fue suficiente, Lyra sintió el cambio en el ambiente entre ellos, en el aire, en el espacio, en todo.
— Tu olor cambió… — Soltó Leo sin rodeos, directo, sin suavizar.
— ¿Qué? — Lyra parpadeó.
Leo inhaló lento, profundo y entonces dio otro paso hacia ella, más cerca, demasiado cerca, Lyra se quedó quieta.
— Antes… Olías a humana con un toque místico… — Continuó Leo. — Pero ahora…
Él se detuvo, como si no encontrara las palabras para describirlo.
— ¿Ahora qué? — Insistió Lyra, confundida.
— Ahora hueles más a naturaleza, a lluvia, a tierra, a bosque, hueles a algo que no debería existir. — Leo levantó la mirada, viéndola directamente.
Y lo que había en sus ojos, no era solo preocupación, era algo más, algo peligroso e intenso.
— Eso no suena bien. — El corazón de Lyra se aceleró al sentirlo tan cerca.
— No lo sé, es muy diferente… — Leo dio otro paso, ahora estaban a centímetros.
Lyra podía sentir la respiración de Leo sobre su rostro, el calor que emanaba de su fuerte y enorme cuerpo, la tensión entre ellos.
— Y, sin embargo… — Murmuró Leo, más bajo. — No puedo alejarme.
— Entonces… — Lyra tragó saliva, sintiéndose tan mareada como confundida mientras su corazón galopaba como un potro salvaje. — Deberías intentar alejarte…
Ella puso sus manos sobre el pecho de Leo, intentando mantener la distancia, sintiendo cada fracción de sus músculos y la piel caliente de él.
Pero Leo no se alejó, al contrario, él inclinó ligeramente la cabeza, acercándose más, su nariz rozó apenas el cuello de Lyra, fue un roce mínimo, pero suficiente para que algo en ambos reaccionara.
Los dos sintieron un impulso primitivo, instintivo, Leo se tensó, su respiración cambió, se volvió más profunda, más irregular.
Su lobo se había vuelto loco en su cabeza, prácticamente gritándole que la marcara, “¡Márcala! ¡Es nuestra! ¡Es nuestra mate! ¡Muérdela!”
— Esto… — Susurró Leo, casi para sí mismo, al tiempo que contraía cada músculo, como si estuviera sufriendo. — No está bien.
Leo recordaba lo que Lyra le había dicho antes, que ella no estaba lista para él, que su prioridad eran las manadas y Leo, le había pedido acompañarla en su viaje, como su protector.
Él sabía que si la marcaba, si lo hacía sin que ella lo aceptara antes, estaría rompiendo todo con ella.
Pero al mismo tiempo, él no era capaz de apartarse y Lyra tampoco se movía, no podía, era como si su cuerpo hubiera decidido por ella.
Como si algo dentro de ella, quisiera eso, el contacto, la cercanía, el peligro y a Leo.
— Leo… — Se escapó de los labios de Lyra casi como un gemido, al tiempo que ella iba bajando sus manos, como si le diera espacio para acercarse.
Él cerró los ojos un segundo, conteniendo la respiración, parecía que iba a pasar lo inevitable y entonces se escuchó un ruido.
Un crujido.
Ambos reaccionaron al instante, Leo se apartó bruscamente, girándose hacia el bosque y Lyra hizo lo mismo.
Pero era demasiado tarde, había sombras moviéndose rápido entre los árboles, demasiado rápido, eran demasiados.
Habían estado tan concentrados en ellos que, no lo habían notado antes y ese fue un grave error.
— Atrás… — Le ordenó Leo a Lyra, empujándola atrás de él.
Pero ya estaban rodeados, los ojos brillaron en las sombras de los árboles, eran lobos.
— Nos encontraron… — Murmuró Leo.
— ¿Quiénes son? — Lyra sintió cómo su pulso se disparaba.
— No vienen a hablar.
Y el primer ataque llegó sin aviso.