La ceremonia no fue grande, Lyra no quería algo despampanante, no después de todo lo que había pasado, no cuando lo que más necesitaba era exactamente lo opuesto al ruido y la política y los alfas mirando.
Fue al anochecer, en el patio exterior de la manada, con la piedra vieja bajo sus pies y el cielo poniéndose de un azul marino cada vez más intenso sobre las cumbres.
Solo estaban Selina, Ares, un puñado de los lobos más cercanos y Leo, de pie frente a ella, con una expresión que definitiva