La manada durmió temprano esa noche.
Después del peso del anuncio, después de los alfas y los rituales y todo lo que había significado ese día, la manada de Ares cayó en el silencio profundo de quienes habían llegado al final de algo grande.
Pero Selina no dormía.
Ella estaba sentada en el borde de la cuna donde dormían sus hijos, mirándolos con esa expresión que solo tienen las madres cuando nadie las observa, sin pose, sin explicación, solo el asombro puro de haber traído al mundo algo tan