Mundo ficciónIniciar sesiónAlexandra Torres aprendió de la peor manera que el amor puede destruirte. Después de un pasado marcado por lujos, traiciones y una caída emocional que casi acaba con ella, decide desaparecer y reconstruir su vida desde cero. Durante años lucha por convertirse en una mujer fuerte, independiente, alguien que ya no cree en los cuentos de hadas. Hasta aquella noche, una fiesta, un error, un recuerdo borroso que decide enterrar para siempre. Pero el destino no olvida... Cuando descubre que está embarazada, Alexandra también descubre algo mucho más aterrador, el hombre detrás de esa noche no es un desconocido… es su jefe Adrián Vilmort, un poderoso empresario cuya vida está rodeada de secretos, control y oscuridad. Aterrada por lo que eso significa, Alexandra toma una decisión desesperada; huir, desaparecer, proteger a su hijo, y no mirar atrás... Pero años después, cuando cree haber dejado todo en el pasado el destino vuelve a cruzarlos. Y esta vez... Adrián no está dispuesto a dejarla ir. Entre mentiras, culpa y una verdad que puede destruirlo todo, ambos deberán enfrentar lo que ocurrió aquella noche y decidir si el amor puede nacer incluso de los errores más oscuros. Algunos secretos pueden enterrarse pero otros siempre encuentran la forma de regresar.
Leer másBuenos Aires siempre tenía esa forma de engañarte. De noche la ciudad brillaba como si nada pudiera romperse; las luces, el murmullo lejano y ese aire cálido mezclado con el perfume del río, todo parecía sostener una promesa que nadie se atrevía a cuestionar y yoo tampoco lo hacía.
Apoyé los codos en la baranda de la terraza dejando que la vista me distrajera desde allí, el mundo se veía distinto, más pequeño, más manejable. Era como si todo lo que dolía pudiera quedarse lejos, anclado al nivel de la calle mientras yo permanecía a salvo en las alturas.
—Te vas a caer un día de estos —escuché a mis espaldas.
Sonreí sin girarme, reconociendo el tono antes que las palabras.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre haces lo mismo.
Entonces sí me volteé, Damián estaba ahí luciendo como si perteneciera a ese lugar tanto como la vista o la propia noche, llevaba el traje sin corbata y la camisa ligeramente desabotonada. Tenía esa forma despreocupada de sostenerlo todo, incluso a mí.
—Y aun así, siempre subes conmigo —le reté suavemente.
Se acercó despacio acortando la distancia con esa seguridad que solía desarmarme.
—Porque si te caes, quiero ser el primero en saberlo.
—Qué romántico —ironicé.
—No soy romántico —respondió, aunque su sonrisa lo contradijo de inmediato.
Se detuvo justo frente a mí, no estaba demasiado cerca pero tampoco lo suficientemente lejos, ese era su juego y me gustaba.
—¿En qué piensas? —preguntó clavando sus ojos en los míos.
Miré la ciudad una vez más antes de confesar la verdad.
—En nada.
—Mientes, alexandra
—En nosotros, entonces —admití al final.
El silencio que siguió no fue incómodo mas bien peligrosamente familiar.
—Eso suena serio —comentó él.
—¿Lo es?
Damián no respondió de inmediato, fue apenas un segundo de duda, un pestañeo de vacilación pero resultó suficiente para que algo dentro de mí se moviera de lugar.
—Estamos bien, ¿no? —pregunté, intentando que mi voz sonara ligera.
—Claro que estamos bien —respondió él, demasiado rápido y demasiado fácil.
Asentí fingiendo que su respuesta era suficiente, como si no hubiera sentido ese pequeño desfase entre sus palabras y su mirada, Damián tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos un gesto que en otro momento me habría dado paz.
—No pienses tanto —murmuró cerca de mi oído— Arruinas el momento cuando haces eso, no era la primera vez que decía esa frase.
Quizas tenia razón y solo estaba siendo paranoica, pensar las cosas solo aumentaba mi ansiedad, así que decidí dejar de hacerlo y simplemente sentir, me incliné hacia él, apoyando la cabeza en su hombro y cerrando los ojos por un instante.
Quería quedarme allí en ese preciso momento donde todo parecía estar en su lugar, donde todavía creía que lo que teníamos era suficiente.... perfecto. Quizás lo era para mí.
No tenia idea que ese lugar y esa sensación de seguridad no volverían a sentirse igual nunca más, porque algunas grietas, cuando aparecen, ya no se pueden ignorar.
El sudor los mezclaba en la penumbra y cada gemido se deshacía en el aire como una verdad que ninguno de los dos había querido decir en voz alta. Katte se aferró a él no solo por el impulso del momento sino por la necesidad de sentir algo que no fuera vacío.El ritmo fue cediendo poco a poco transformándose en algo menos urgente y más profundo. Damián apoyó la frente contra la de ella respirando con dificultad como si acabara de atravesar algo más que un simple encuentro. Por un instante no hubo pasado ni firmas ni nombres ni errores. Solo ese silencio compartido.Katte cerró los ojos todavía con el pulso acelerado. —Esto no arregla nada —murmuró aunque su voz ya no tenía la misma firmeza de antes. —Lo sé —respondió él sin apartarse—. Pero tampoco lo empeora.Ella soltó una pequeña risa sin humor más cansada que irónica. —Eso es discutible.Damián no respondió de inmediato. Sus manos que aún descansaban sobre ella se movieron apenas no con urgencia sino con una calma que contrastaba c
El bar del Alvear estaba envuelto en esa penumbra elegante donde el mundo parecía ocurrir a media voz.Katte sostenía su vaso de whisky con firmeza como si el cristal fuera lo único que la mantenía anclada, el hielo ya se había rendido hacía rato igual que ella unas horas antes frente a una firma que lo cambiaba todo.Un sorbo, luego otro y el ardor bajó por su garganta cálido y casi reconfortante.—No sabía que este lugar también servía para naufragios —dijo una voz conocida a su espalda.Katte no necesitó girarse de inmediato —Depende —respondió tranquila— ¿Vienes a hundirte o a mirar?Cuando lo hizo ahí estaba Damián. Sin su armadura habitual el saco en la mano y la camisa abierta en el cuello con la mirada más honesta de lo que ella le había visto nunca.—A hundirme —dijo— ¿Puedo?—Si vas a hablar de trabajo no.Una leve sonrisa más cansada que arrogante se dibujó en él —Créeme es lo último que quiero.Se sentó a su lado y pidió whisky, el silencio que siguió no incomodó pues se re
POV AlexandraLa renuncia la escribí en veinte minutos, no porque fuera fácil sino porque ya tania claro que iba a escribir, había tardado tres días en terminar de decidir, días de no contestar las llamadas de Adrián, de no ir a la oficina. En esos dias me quede en mi apartamento con Amyra organizando todo.El texto fue breve y sin explicaciones personales, lo envie por correo directamente a Miguel, con copia a Daniel, a las siete de la mañana de un jueves.Luego cerré la computadora y caminé hacia la puerta. Amyra tenía nuestras maletas listas; solo esperaba por mí para salir. Me detuve un segundo antes de cerrar y miré por última vez mi apartamento.— ¿Lista? —preguntó.— No —respondí honestamente—. Pero ya no necesito estarlo para irme.Salimos del edificio a las ocho. El taxi nos esperaba abajo, nos subimos a él y mientras dejabamos la ciudad atrás, sentía cómo me iba liberando de todo lo que había sostenido sola estos meses.POV AdriánMe enteré por Miguel, por un correo que Mig
POV AlexandraEl apartamento se sentía más pequeño cuando uno entraba con el mundo entero cayéndose encima.Amyra cerró la puerta detrás de nosotras y no dijo nada, me guió hasta el sofá con esa firmeza suya, la que no pide permiso pero que siempre llega justo en el momento en que mis piernas dejan de responder. Me senté y me quedé mirando la pared, un minuto completo, en silencio. Y luego... luego empecé a soltarlo todo.No fue de forma ordenada, fue un torrente, el ascensor, la oscuridad, el perfume que me llegó de golpe como un puñetazo en la memoria, los recuerdos en esos dos segundos de cercanía. Sus ojos verdes mirándome de una forma que no era sorpresa, porque el ya lo sabía, lo sabía desde aquella noche... desde que se fue de mi apartamento antes del amanecer dejándome sola.Amyra escuchó sin interrumpir. Eso también era quererme.—Fue él —dije finalmente, con la voz rota— Adrián, esa noche. El padre del bebé es Adrián.E
Último capítulo