Mundo ficciónIniciar sesiónAlexandra Torres aprendió de la peor manera que el amor puede destruirte. Después de un pasado marcado por lujos, traiciones y una caída emocional que casi acaba con ella, decide desaparecer y reconstruir su vida desde cero. Durante años, lucha por convertirse en una mujer fuerte, independiente, alguien que ya no cree en los cuentos de hadas. Hasta aquella noche. Una fiesta, Un error, Un recuerdo borroso que decide enterrar para siempre. Pero el destino no olvida... Cuando descubre que está embarazada, Alexandra también descubre algo mucho más aterrador: el hombre detrás de esa noche no es un desconocido… es Adrián Vilmort, un poderoso empresario cuya vida está rodeada de secretos, control y oscuridad. Aterrada por lo que eso significa, Alexandra toma una decisión desesperada: huir, desaparecer, proteger a su hijo, y no mirar atrás... Pero años después, cuando cree haber dejado todo en el pasado, el destino vuelve a cruzarlos. Y esta vez… Adrián no está dispuesto a dejarla ir. Entre mentiras, culpa y una verdad que puede destruirlo todo, ambos deberán enfrentar lo que ocurrió aquella noche… y decidir si el amor puede nacer incluso de los errores más oscuros. *** Algunos secretos pueden enterrarse, pero otros siempre encuentran la forma de regresar.
Leer másPov Alexandra
Siempre pensé que el amor llegaba como en las películas; no perfecto, pero sí de una forma especial, de esas que te hacen sentir que todo tiene sentido. Cuando conocí a Damián Leroux, creí que eso era exactamente lo que me estaba pasando. No fue un momento extraordinario, no hubo música ni nada memorable, solo una mirada. Él estaba apoyado contra la barra con una copa en la mano y esa seguridad tan suya, como si supiera exactamente el efecto que causaba.
—¿Siempre miras así o solo cuando quieres que alguien se acerque? —me dijo. Debí ignorarlo, de verdad debí hacerlo, pero no lo hice; y ahí empezó todo.
Damián tenía algo difícil de explicar. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía, cómo te miraba y cómo lograba que todo se sintiera más cercano de lo que realmente era. Me hacía sentir elegida, como si yo fuera diferente, y yo… quise creerlo. Poco después apareció ese lugar. No sé en qué momento se volvió importante, pero esa terraza apartada, lejos del ruido y con vista a la ciudad iluminada, se convirtió en nuestro refugio. Tenía algo: tranquilidad, silencio. Era fácil olvidarlo todo allí.
—Aquí no existe nada más —me dijo la primera vez. Y yo le creí.
Se volvió nuestra rutina; siempre terminábamos ahí, hablando de cualquier cosa o de nada, riendo o simplemente quedándonos en silencio. Mirando la ciudad como si el tiempo no importara, empecé a construir algo en mi cabeza que él nunca prometió, pero que yo sentía: un "nosotros".
—Algún día no tendremos que escondernos —le dije una noche, sin pensar demasiado, como si fuera algo obvio. Él no respondió enseguida; solo sonrió de esa forma que no decía nada.
Debí entenderlo en ese instante, pero no quise. Era más fácil creer que todo iba bien, incluso cuando empecé a notar los pequeños detalles: mensajes sin responder, días en los que desaparecía, excusas que sonaban bien pero no se sentían reales. Aun así, lo dejé pasar porque en esa terraza todo parecía cierto... hasta que dejó de serlo.
Esa noche lo esperé más de lo normal. Miré el teléfono varias veces: nada. Sentí que algo no estaba bien, pero me quedé porque ese era nuestro lugar y, en mi mente, eso significaba algo. Cuando llegó, no estaba solo. No hizo falta que dijera nada; lo entendí todo al verla a ella. Era todo lo que yo no: elegante, segura y perfecta. Y él la miraba como alguna vez me miró a mí.
—Alexandra… —dijo, acercándose—, no es lo que parece.
Pero lo era. Lo era todo.
—¿Desde cuándo? —pregunté con la voz más baja de lo que esperaba. No respondió.
En ese silencio entendí que nunca fui la única.
—Esto es lo mejor —añadió después.
Algo dentro de mí se rompió. Porque no, no lo era; al menos no para mí. Miré alrededor y entendí que aquel lugar ya no significaba nada, o quizás nunca lo hizo. No lloré frente a él; no iba a darle ese gusto. Pero cuando me fui, cuando ya no había nadie cerca, no pude sostenerme más. No solo lo perdí a él; perdí todo lo que había imaginado y lo que creí que estábamos construyendo.
Esa noche entendí algo que no iba a olvidar: no todo lo que parece amor, lo es. Me hice una promesa: no volvería a confiar tan fácil, no volvería a esperar tanto, no volvería a entregarme así.
No sabía que el destino ya tenía preparada otra caída peor; una de la que no podría salir igual.
No sé cómo a otros les gusta iniciar la mañana pero estoy segura de que no es de pie frente al escritorio de tu jefe con unos documentos en la mano y más de treinta minutos de un silencio sepulcral, Aún no entiendo qué pasó por la cabeza de Miguel al elegirme para llevar la propuesta corregida; el silencio ya no era solo incómodo, era intencional.Adrián no levantó la mirada de los documentos, no tenía prisa, nunca la tenía. Le gustaba el control y yo lo sabía; esto no era casualidad, era su forma de marcar territorio y dejar claro que había límites que yo debía aprender.—Déjalos.Su voz cortó el aire sin siquiera mirarme, coloqué los informes sobre la madera oscura del escritorio y esperé, el silencio se prolongó hasta que por fin sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad gélida.—Si vas a seguir en este proyecto… empieza a entender tu posición.No fue una advertencia fue un recordatorio de jerarquías.—Lo entiendo —respondí con firmeza sosteniendo el pulso.—No lo parece
Ya no era una observadora; ahora estaba dentro. El ritmo del proyecto había cambiado, volviéndose más exigente y preciso, pero yo ya no dudaba de mis capacidades. —Alexandra —dijo Miguel acercándose a mi escritorio—, Daniel te está buscando. Lo encontré revisando una serie de carpetas con gesto concentrado.—Tenemos reunión con los inversionistas —soltó sin rodeos— vas a entrar. —¿Yo? —lo miré, sorprendida. —Sí, Escucha y si es necesario….habla. No pregunté más y simplemente asentí. La sala de reuniones era más grande de lo que esperaba; formal, silenciosa y cargada de una importancia palpable. Adrián estaba al frente, controlando cada hilo de la conversación. No me miró al entrar, pero por la forma en que se tensó su mandíbula, supe que había notado mi presencia, la reunión avanzó entre datos, proyecciones y decisiones hasta que algo en la presentación no encajó con mis análisis. — Esa proyección no contempla el ajuste inicial —solté. El silencio fue inmediato y absoluto. Todas l
El silencio de mi apartamento esa noche se sintió diferente, no era un vacío, sino una pausa necesaria. Dejé el bolso sobre la mesa y me quité los zapatos con un suspiro largo antes de dejarme caer en el sofá, cerré los ojos unos segundos, intentando procesar la intensidad del día. — Ok… —murmuré para la soledad de la sala —. Eso pasó. Tomé el teléfono y no dudé en escribirle a la única persona que entendería el caos "Necesito hablar", envié. La respuesta de Amyra llegó en segundos: "Llámame". — Suéltalo —d ijo ella en cuanto descolgué, sin preámbulos. — Creo que discutí con mi jefe. Hubo un silencio táctico del otro lado.— ¿Tu jefe o él jefe?— El jefe. — Alexandra… tú no pierdes el tiempo — soltó una pequeña risa.— No fue una discusión — me defendí.— Claro, seguro él lo vivió como una conversación relajante. Rodé los ojos, aunque ella no pudiera verme.—Tenía razón, Amyra — me defendí.— Eso es peor. Me acomodé en el sofá, tratando de explicarme, le dije que no intentaba imp
No todos los cambios se anuncian; algunos simplemente se sienten en el ambiente. Ese día el ritmo era distinto: más rápido, más exigente, casi eléctrico.—Alexandra —llamó Daniel con tono urgente.—¿Sí?—Vamos a revisar el informe del proyecto.Me acerqué a su escritorio donde Miguel ya esperaba con el ceño fruncido. Habían ajustado el documento basándose en mis hallazgos del día anterior, pero necesitaban validar que la estructura fuera sólida antes de la entrega final. Me sumergí en la pantalla; leí y analicé cada variable hasta que me topé con el nudo del problema.—Aquí —señalé con firmeza— Si dejamos esta proyección así, vuelve a dar el mismo error. No es tan evidente como antes, pero sigue afectando la decisión final.Daniel cruzó los brazos sobre el pecho, evaluando mis palabras.—Entonces ajústalo.—No es solo ajustar —respondí sin apartar la vista del informe—, hay que reorganizar todo.Miguel soltó el aire lentamente, visiblemente estresado.—Eso nos va a retrasar, Alexandra
Último capítulo