El bar del Alvear estaba envuelto en esa penumbra elegante donde el mundo parecía ocurrir a media voz.
Katte sostenía su vaso de whisky con firmeza como si el cristal fuera lo único que la mantenía anclada, el hielo ya se había rendido hacía rato igual que ella unas horas antes frente a una firma que lo cambiaba todo.
Un sorbo, luego otro y el ardor bajó por su garganta cálido y casi reconfortante.
—No sabía que este lugar también servía para naufragios —dijo una voz conocida a su espalda.
Katte