El Secreto De Aquella Noche
El Secreto De Aquella Noche
Por: P.LANCO
Antes De Caer

Pov Alexandra

Siempre pensé que el amor llegaba como en las películas; no perfecto, pero sí de una forma especial, de esas que te hacen sentir que todo tiene sentido. Cuando conocí a Damián Leroux, creí que eso era exactamente lo que me estaba pasando. No fue un momento extraordinario, no hubo música ni nada memorable, solo una mirada. Él estaba apoyado contra la barra con una copa en la mano y esa seguridad tan suya, como si supiera exactamente el efecto que causaba.

—¿Siempre miras así o solo cuando quieres que alguien se acerque? —me dijo. Debí ignorarlo, de verdad debí hacerlo, pero no lo hice; y ahí empezó todo.

Damián tenía algo difícil de explicar. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía, cómo te miraba y cómo lograba que todo se sintiera más cercano de lo que realmente era. Me hacía sentir elegida, como si yo fuera diferente, y yo… quise creerlo. Poco después apareció ese lugar. No sé en qué momento se volvió importante, pero esa terraza apartada, lejos del ruido y con vista a la ciudad iluminada, se convirtió en nuestro refugio. Tenía algo: tranquilidad, silencio. Era fácil olvidarlo todo allí.

—Aquí no existe nada más —me dijo la primera vez. Y yo le creí.

Se volvió nuestra rutina; siempre terminábamos ahí, hablando de cualquier cosa o de nada, riendo o simplemente quedándonos en silencio. Mirando la ciudad como si el tiempo no importara, empecé a construir algo en mi cabeza que él nunca prometió, pero que yo sentía: un "nosotros".

—Algún día no tendremos que escondernos —le dije una noche, sin pensar demasiado, como si fuera algo obvio. Él no respondió enseguida; solo sonrió de esa forma que no decía nada.

Debí entenderlo en ese instante, pero no quise. Era más fácil creer que todo iba bien, incluso cuando empecé a notar los pequeños detalles: mensajes sin responder, días en los que desaparecía, excusas que sonaban bien pero no se sentían reales. Aun así, lo dejé pasar porque en esa terraza todo parecía cierto... hasta que dejó de serlo.

Esa noche lo esperé más de lo normal. Miré el teléfono varias veces: nada. Sentí que algo no estaba bien, pero me quedé porque ese era nuestro lugar y, en mi mente, eso significaba algo. Cuando llegó, no estaba solo. No hizo falta que dijera nada; lo entendí todo al verla a ella. Era todo lo que yo no: elegante, segura y perfecta. Y él la miraba como alguna vez me miró a mí.

—Alexandra… —dijo, acercándose—, no es lo que parece.

Pero lo era. Lo era todo.

—¿Desde cuándo? —pregunté con la voz más baja de lo que esperaba. No respondió.

En ese silencio entendí que nunca fui la única.

—Esto es lo mejor —añadió después.

Algo dentro de mí se rompió. Porque no, no lo era; al menos no para mí. Miré alrededor y entendí que aquel lugar ya no significaba nada, o quizás nunca lo hizo. No lloré frente a él; no iba a darle ese gusto. Pero cuando me fui, cuando ya no había nadie cerca, no pude sostenerme más. No solo lo perdí a él; perdí todo lo que había imaginado y lo que creí que estábamos construyendo.

Esa noche entendí algo que no iba a olvidar: no todo lo que parece amor, lo es. Me hice una promesa: no volvería a confiar tan fácil, no volvería a esperar tanto, no volvería a entregarme así.

No sabía que el destino ya tenía preparada otra caída peor; una de la que no podría salir igual.

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