Mundo ficciónIniciar sesión
Buenos Aires siempre tenía esa forma de engañarte. De noche la ciudad brillaba como si nada pudiera romperse; las luces, el murmullo lejano y ese aire cálido mezclado con el perfume del río, todo parecía sostener una promesa que nadie se atrevía a cuestionar y yoo tampoco lo hacía.
Apoyé los codos en la baranda de la terraza dejando que la vista me distrajera desde allí, el mundo se veía distinto, más pequeño, más manejable. Era como si todo lo que dolía pudiera quedarse lejos, anclado al nivel de la calle mientras yo permanecía a salvo en las alturas.
—Te vas a caer un día de estos —escuché a mis espaldas.
Sonreí sin girarme, reconociendo el tono antes que las palabras.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre haces lo mismo.
Entonces sí me volteé, Damián estaba ahí luciendo como si perteneciera a ese lugar tanto como la vista o la propia noche, llevaba el traje sin corbata y la camisa ligeramente desabotonada. Tenía esa forma despreocupada de sostenerlo todo, incluso a mí.
—Y aun así, siempre subes conmigo —le reté suavemente.
Se acercó despacio acortando la distancia con esa seguridad que solía desarmarme.
—Porque si te caes, quiero ser el primero en saberlo.
—Qué romántico —ironicé.
—No soy romántico —respondió, aunque su sonrisa lo contradijo de inmediato.
Se detuvo justo frente a mí, no estaba demasiado cerca pero tampoco lo suficientemente lejos, ese era su juego y me gustaba.
—¿En qué piensas? —preguntó clavando sus ojos en los míos.
Miré la ciudad una vez más antes de confesar la verdad.
—En nada.
—Mientes, alexandra
—En nosotros, entonces —admití al final.
El silencio que siguió no fue incómodo mas bien peligrosamente familiar.
—Eso suena serio —comentó él.
—¿Lo es?
Damián no respondió de inmediato, fue apenas un segundo de duda, un pestañeo de vacilación pero resultó suficiente para que algo dentro de mí se moviera de lugar.
—Estamos bien, ¿no? —pregunté, intentando que mi voz sonara ligera.
—Claro que estamos bien —respondió él, demasiado rápido y demasiado fácil.
Asentí fingiendo que su respuesta era suficiente, como si no hubiera sentido ese pequeño desfase entre sus palabras y su mirada, Damián tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos un gesto que en otro momento me habría dado paz.
—No pienses tanto —murmuró cerca de mi oído— Arruinas el momento cuando haces eso, no era la primera vez que decía esa frase.
Quizas tenia razón y solo estaba siendo paranoica, pensar las cosas solo aumentaba mi ansiedad, así que decidí dejar de hacerlo y simplemente sentir, me incliné hacia él, apoyando la cabeza en su hombro y cerrando los ojos por un instante.
Quería quedarme allí en ese preciso momento donde todo parecía estar en su lugar, donde todavía creía que lo que teníamos era suficiente.... perfecto. Quizás lo era para mí.
No tenia idea que ese lugar y esa sensación de seguridad no volverían a sentirse igual nunca más, porque algunas grietas, cuando aparecen, ya no se pueden ignorar.







