Hay personas que no necesitan anunciarse; se sienten antes de aparecer. Ese día, la energía en la oficina cambió. No fue algo evidente, pero sí lo suficiente para notarlo: las conversaciones bajaron de tono y los movimientos de todos se hicieron más medidos, casi coreografiados.
—¿Pasa algo? —pregunté en voz baja a Miguel. Él levantó apenas la mirada del escritorio, con un gesto de advertencia. —Hoy viene Katte. —¿Katte? —Katte Velmort —hizo una pausa significativa—. La esposa de Adrián.
Eso ex