El silencio dentro del despacho no era casual, era control, todo en ese espacio respondía a un orden claro, una extensión de mi propia mente, como debía ser. Katte no se sento, se quedó de pie frente al ventanal, observando la ciudad como si evaluara un terreno que ya conocía, mientras buscaba las palabras que necesitaba.
Cerré la puerta detrás de nosotros, el sonido fue seco, metálico y definitivo.
—Estás cambiando el ritmo, Adrián —dijo ella sin girarse. No fue una pregunta.
Caminé hasta mi