La última papa frita quedó olvidada en el plato de porcelana, junto a las servilletas arrugadas y los vasos vacíos de malteada. La conversación sobre contratos, fusiones y traiciones pasadas se había disuelto en el aire, dejando un silencio nuevo, diferente al anterior. Ya no era el silencio incómodo de los secretos revelados, sino el silencio denso y magnético de dos órbitas que finalmente han decidido colisionar.
Alina Korályova miraba a Yago. Lo observaba no como al socio estratégico que su padre quería conquistar, ni como al "animal" sexual de los videos que había venido a domar. Lo veía con una admiración que rozaba lo devocional, un sentimiento que la asustaba porque era desconocido para ella.
Yago la había rechazado horas antes, no por falta de deseo, sino por un código de honor que ella creía extinto en los hombres de su clase. Al negarse a tomar su virginidad como un trofeo barato, al protegerla de su propia desesperación, Yago la había tomado de una forma mucho más profunda