La última papa frita quedó olvidada en el plato de porcelana, junto a las servilletas arrugadas y los vasos vacíos de malteada. La conversación sobre contratos, fusiones y traiciones pasadas se había disuelto en el aire, dejando un silencio nuevo, diferente al anterior. Ya no era el silencio incómodo de los secretos revelados, sino el silencio denso y magnético de dos órbitas que finalmente han decidido colisionar.
Alina Korályova miraba a Yago. Lo observaba no como al socio estratégico que su