El silencio denso y cargado de hormonas no consumadas fue interrumpido por tres golpes secos y discretos en la puerta de la suite, rompiendo la burbuja de tensión que envolvía a Yago y Alina como una segunda piel.
—Servicio a la habitación —anunció una voz amortiguada y profesional desde el pasillo.
Yago se puso de pie, agradeciendo internamente la interrupción mundana que le permitía respirar y reorganizar sus pensamientos. Caminó hacia la puerta y la abrió, permitiendo que un empleado joven con uniforme impecable entrara empujando un carrito cubierto con manteles blancos y cloches de plata que apenas lograban contener el olor seductor a carne a la parrilla y papas fritas.
El empleado acomodó el carrito con eficiencia junto a la mesa redonda donde Yago había estado sentado, desplegó las servilletas de lino y destapó los platos con una floritura ensayada. El aroma a carne de Wagyu, queso derretido y especias llenó la habitación, un contraste vulgar y delicioso con la solemnidad emocio