El tiempo de las palabras, de las negociaciones y de los códigos de honor había expirado. En la penumbra dorada de la Suite Imperial, bajo el zumbido distante y monótono del aire acondicionado, el universo se redujo a la superficie de una cama King Size y al latido acelerado, casi violento, de dos corazones que bombeaban sangre caliente con una urgencia primitiva. Yago y Alina volvieron a encontrarse, pero ya no eran socios discutiendo el futuro del sureste, ni herederos protegiendo legados familiares; eran, en su esencia más cruda, un hombre y una mujer al borde del precipicio, listos para saltar.
Se besaron con una voracidad renovada, como si quisieran consumirse mutuamente. Ya no había vacilación, ni barreras de tela, ni máscaras sociales que ocultaran sus intenciones. Las manos de Yago, grandes, calientes y callosas por años de visitar obras y tocar materiales rudos, se convirtieron en instrumentos de adoración y posesión absoluta. Sus dedos recorrieron el cuello de Alina, trazand