El tiempo de las palabras, de las negociaciones y de los códigos de honor había expirado. En la penumbra dorada de la Suite Imperial, bajo el zumbido distante y monótono del aire acondicionado, el universo se redujo a la superficie de una cama King Size y al latido acelerado, casi violento, de dos corazones que bombeaban sangre caliente con una urgencia primitiva. Yago y Alina volvieron a encontrarse, pero ya no eran socios discutiendo el futuro del sureste, ni herederos protegiendo legados fam