El silencio del Penthouse fue roto no por el canto de los pájaros, sino por el zumbido insistente y digital de la alarma del celular de Yago.
Sin embargo, algo estaba mal en la ecuación matutina. El cuerpo de Yago, un reloj biológico entrenado para despertar a las 5:00 AM con precisión militar, esta vez había sucumbido al agotamiento extremo del viaje a Acapulco.
Nant abrió los ojos, desorientada por la luz que ya se filtraba con fuerza por las cortinas. Buscó su celular en la mesita de noche y