El aroma a café tostado y pan dulce llenaba el ambiente del restaurante, pero la tranquilidad del desayuno fue interrumpida por la aparición de una figura familiar. Carlos se materializó junto a la mesa con su habitual discreción, vestido impecablemente con un traje oscuro, listo para la jornada.
—Buenos días, señor. Buenos días, señorita —saludó Carlos con una leve inclinación de cabeza.
Yago se puso de pie de inmediato para saludar a su hombre de confianza, rompiendo la barrera jefe-empleado