La mesa unida en el corazón del sofisticado restaurante se había transformado en un tablero de ajedrez, donde cada frase pronunciada por los hermanos Castillo no era una simple palabra, sino un movimiento calculado, una pieza que se posicionaba o se sacrificaba en una partida de alto riesgo. El segundo tiempo de la cena, con sus platillos principales recién servidos –cortes de carne premium, jugosos y perfectamente sellados, adornados con guarniciones coloridas y aromáticas–, se desarrolló bajo