El murmullo del restaurante había alcanzado un nivel confortable, una sinfonía de conversaciones amortiguadas, el tintineo discreto de la cristalería y el roce suave de los cubiertos contra la porcelana. El mesero se había retirado una vez más, asegurándose de que las copas estuvieran rellenadas y que los cuencos de las cremas, ahora vacíos y limpios, hubieran sido retirados con eficiencia. El primer tiempo de la cena había concluido, y con él, la tensa conversación sobre Belem y la inminente m