Miranda estaba allí, frente a su madre, esperando el sermón que sabía que se avecinaba. Catherine no la decepcionó; sus palabras fueron directas y cargadas de reproche.
—Hija, ¿de verdad no te das cuenta de lo absurdo de esta situación? —comenzó Catherine, con tono severo—. Te encariñas con el hijo de la amante de tu marido, juegas a ser su madre, pero no te esfuerzas por tener un hijo propio. Creo que deberías apresurarte y hacerlo. Inténtalo una vez más. Deja de lado ese miedo absurdo que ti