En la fastuosa sala de estar de los Radcliffe, la tensión era tan densa. Catherine, con sus enormes ojos verdes resaltados por una exagerada máscara de pestañas, observaba a su consuegra, Elizabeth. Esta última, de postura elegantemente rígida y mirada azul tan intensa como la de su hijo, recibía a su invitada con una ceja arqueada.
—Y bien, Catherine —comenzó Elizabeth, con la voz pulcra y fría como el hielo—, si estás aquí es porque también quieres saber un poco más sobre mi nieto, Edward, ¿n