El café que habían elegido era un pequeño lugar, apenas frecuentado a esa hora de la mañana. La ausencia de personas era un regalo, el silencio perfecto para la confesión de Miranda. Ella mantenía la mirada fija en el café humeante entre sus manos, el calor una distracción minúscula. Vera estaba frente a ella, apretando con suavidad su antebrazo, una presión constante que la animaba a hablar sin presionarla.
—Te conozco muy bien, Miranda —comenzó Vera, su voz suave pero firme—. Cuando te hice l