En la mañana, en su despacho ejecutivo, Alec Radcliffe se encontraba detrás de su escritorio de caoba pulida. Estaba absorto en documentos, pero su mente era un campo de batalla. De nuevo, las palabras de Miranda lo asaltaban, ese atrevimiento descarado en la noche. La idea de solo imaginar a Miranda con alguien más le provocaba una rabia tan cruda que no podía concebirla. No era celos, se dijo, sino la violación de su control.
Resopló sonoramente, sacudiendo la cabeza para expulsar esa imagen,