Cuando Miranda abrió los ojos, la primera certeza fue el frío, el olor penetrante a antiséptico y el pitido constante de monitores. La luz pálida la bañaba en una habitación desconocida que reconoció vagamente como parte del ala de urgencias del Centro Médico. Su corazón, aún golpeaba desbocado en su pecho, pugnaba contra la calma impuesta por el entorno. Un aturdimiento espeso le martilleaba la cabeza, recordó el desmayo.
Intentó incorporarse en la cama, pero el leve esfuerzo provocó un gemid