Un par de horas después, Miranda se levantó de la cama del hospital. Podía irse a casa, pero la sensación de libertad era una ilusión amarga; en realidad, se sentía como si fuera bajo coacción. Salió caminando, convertida en una sombra, un autómata que se arrastraba por el pasillo abarrotado de enfermos, acompañantes y personal médico. Sentía que todo dentro de ella estaba destruido, y dar un paso era como arrastrar un peso de miles de kilos, el peso de sus pensamientos y de su sufrimiento.
Sin