Agatha gritaba mientras Jaden la jalaba por el pelo, arrastrando su cuerpo roto y sollozante por los pisos como si fuera un costal de basura. Pataleaba sin fuerza. La voz se le quebraba. Su bata, empapada en sangre y cenizas, raspaba el suelo mientras sus brazos se agitaban con impotencia.
—¡SUÉLTAME! —aulló—. ¡POR FAVOR! ¡TE PUEDO PAGAR! ¡PUEDO ARREGLARLO!
Jaden no respondió. Su agarre no cedió ni un milímetro. La arrastró a través de las puertas destrozadas de la mansión. La otrora gloriosa fi