Jaden levantó su copa; el líquido rojo capturó la luz mientras la chocaba contra la de Morix Sable. Su voz era tranquila, pero cargaba con una autoridad silenciosa.
—No quiero que me molesten cuando estoy comiendo con mi familia. ¿Entiendes lo que digo, Morix?
La cara de Morix, ya encendida por el vino, se iluminó con una alegría casi fanática. Compartir un trago con Jaden era más que una simple cortesía: era estatus. Una bendición. Un momento del que probablemente presumiría durante los próximo