Capítulo treinta y nueve. El Hijo del Alfa.
La luna llena flotaba sobre el castillo como un ojo abierto en el cielo, vigilante, implacable. En el ala este, el aire estaba cargado de una electricidad extraña, como si los muros antiguos supieran que esa noche algo estaba a punto de romperse para siempre.
Lyra se revolvía en su lecho, jadeando entre sueños. El sudor le empapaba la nuca y su corazón galopaba sin descanso. Un nombre reverberaba en su pecho como un eco atrapado en un pozo:
Serena