La mañana nació envuelta en una neblina tan espesa que parecía querer asfixiar los pinos que rodeaban el "Refugio de los Robles". Alexander Thorne observó el paisaje desde el umbral de la puerta blindada, sintiendo el aire frío calar en sus huesos.
No esperó a que el sol disolviera la bruma; la inactividad era un veneno que no podía permitirse. Salió de la fortaleza con la mandíbula apretada, dejando atrás el santuario tecnológico para adentrarse en el laberinto de secretos que Williams Anders