La oscuridad del búnker no era absoluta; estaba segmentada por el parpadeo rítmico de los servidores y el resplandor azulado de dieciséis monitores que rodeaban a Simón como un altar tecnológico. El aire olía a ozono, café recalentado y al sudor frío de un hombre que llevaba horas sin permitirse parpadear. Simón Lennox, el arquitecto digital de la familia, el genio que se jactaba de poder entrar en los servidores del Pentágono antes de que terminara su primera taza de café, estaba experimentand