El aire en el estacionamiento subterráneo de la Fundación Lennox era pesado, cargado con ese olor metálico a hormigón frío y gases de escape que nunca terminaban de disiparse. Sofía caminaba hacia su vehículo, el eco de sus tacones marcando un ritmo metódico, casi musical. No tenía prisa. A diferencia de meses atrás, cuando cada sombra la hacía saltar, ahora se movía con una economía de movimiento que denotaba una paz interior ganada a fuego.
En su bolso descansaban los planos de una nueva red