La puerta del ático se cerró con un susurro electrónico, dejando fuera el ruido de la ciudad y el peso del mundo. Alexander y Sofía no encendieron las luces principales. Se quedaron allí, en el recibidor, dejando que la luz de la luna que se filtraba por los ventanales de doble altura los bañara. El silencio era absoluto, roto solo por el suave murmullo del sistema de climatización y, a lo lejos, el llanto breve de Arthur que se apagó en cuanto escuchó la voz de la niñera en la habitación conti