El tiempo, ese juez implacable que antes corría en contra de los Lennox, parecía haberse detenido para concederles una tregua dorada. Había pasado un año desde que el platino de sus alianzas sellara la "Boda de Acero". Trescientos sesenta y cinco días en los que el nombre Lennox-Thorne no solo se había consolidado, sino que se había convertido en un verbo en el mundo de las finanzas: innovar, resistir, dominar.
La mansión Thorne ya no era el mausoleo de Richard; era un centro de poder vibrante.