El olor a alcohol rancio se había instalado en el estudio de la mansión Valerius como un habitante más, una presencia invisible que empañaba las maderas nobles y los lomos de cuero de los libros que nadie leía. Adrián ya no esperaba a que cayera la noche para servirse la primera copa; el primer trago llegaba con el desayuno, en una necesidad ciega para acallar el temblor de sus manos y el ruido ensordecedor de su propia conciencia. El miedo, que inicialmente era una molestia leve, se había tran