El amanecer en Montevideo no trajo luz para Adrián, solo el recordatorio de que seguía respirando en un mundo que lo había escupido. Estaba sentado en su silla de ruedas frente a un quiosco de revistas en la Ciudad Vieja. Sus manos temblaban tanto que el metal de la lata de limosnas repiqueteaba contra el apoyabrazos. El quiosquero, un hombre gordo que apenas lo miraba, arrojó un ejemplar del diario El País sobre el mostrador.
—Toma, Conte. Ya me pediste el diario regalado tres veces hoy. Míral