El convoy de Maximilian se detuvo en seco a mitad de la carretera polvorienta, levantando una nube de tierra que tragó la luz de la luna. El rugido de los motores era lo único que llenaba el vacío del bosque, un sonido mecánico que contrastaba con el silencio sepulcral de la noche. Dentro de su vehículo, Maximilian apretaba el volante con tanta fuerza que el cuero crujía bajo sus dedos; sus nudillos habían perdido todo rastro de color, tornándose de un blanco cadavérico. La imagen de la sangre