El silencio que siguió al colapso de Lysandra en la mesa fue interrumpido por el sonido de un seguro de arma que se liberaba. Adrián, con las manos aún rojas y temblorosas, no tuvo tiempo de reaccionar cuando el cañón de una pistola se hundió en su nuca. Detrás de él, Elías ya no tenía la expresión del subordinado paciente que esperaba órdenes. Sus ojos brillaban con una lucidez hostil.
—Aléjate de ella, Adrián —le ordenó Elías. El tono de su voz fue un latigazo seco—. Ya hiciste suficiente. Ca