El amanecer en aquel hostal de mala muerte no trajo claridad, sino una luz gris que acentuaba las ojeras de Maximilian. Había pasado una semana desde que el rastro de Lysandra se desvaneció en la clínica San Judas. Una semana en la que el empresario no durmió más de dos horas seguidas, manteniendo su atención dividida entre las pantallas de su computadora y los gritos ahogados que provenían de la cabaña donde sus hombres continuaban el trabajo con Adrián. El teléfono vibró sobre la mesa de made