El salón principal del Hotel Grand Imperial apestaba a perfume caro, hipocresía y ambición. Las luces de cristal colgaban del techo iluminando a la élite del sector textil, hombres y mujeres que se saludaban con sonrisas de plástico mientras sostenían copas de champán. Entre la multitud, Adrián se movía con una maestría escénica que rozaba lo insultante. Vestía un traje oscuro riguroso, rayando en una especie de luto, algo dramático, pero la tela era de una seda tan fina que gritaba victoria. A