Evangeline Olmos.
Las ruedas del jet privado chirriaron contra el asfalto de la pista de aterrizaje, devolviéndome a la ruidosa y gris realidad de la ciudad. Al bajarnos de la aeronave, el chofer de confianza de la firma ya nos esperaba al pie de la pista con la puerta trasera de una berlina negra abierta. El señor Voss se detuvo un instante antes de subir a su propio vehículo de escolta, clavando sus ojos grises en los míos con una advertencia muda.
—Vaya —me ordenó con su habitual tono barí